Estuvo al borde del suicidio, pero lo superó y encontró la felicidad

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Mientras observaba las vías del tren podía escuchar el bramido del tren y sentir su vibración. Una voz hacía eco en mi mente: “Solo un paso hacia adelante. Y el dolor y los problemas desaparecerán de una vez por todas”.

A pesar de que hoy ni te lo imaginarías, este era uno de los incontables pensamientos suicidas que he experimentado en mi vida. Esta es la historia de por qué quería terminar mi vida y cómo la recuperé.

La vida era una carga no un regalo

Yo venía de una familia pobre y disfuncional en el sur de China, eventualmente tuve la oportunidad de estudiar y enseñar en la Universidad de Nanjing de Ciencia Informática y Tecnología por diez años. Me mudé a Canadá con mi familia en 1999 y estudié un doctorado en la Universidad de Alberta. Ahora vivo una vida feliz en Edmonton, pero el camino para llegar allí estuvo lleno de dolor y tribulaciones.

La adversidad y un profundo sufrimiento permearon los primeros años de mi vida. Como niña, era débil y siempre me enfermaba. Al ser incapaces de cuidarme, mis padres me dejaron con mis abuelos en un área rural de China asolada por la pobreza. Casi muero de difteria (una infección de nariz y garganta) a la edad de 5 años por falta de medicación.

Regresé a vivir con mis padres cuando era el momento de ir a la escuela primaria, pero aún me sentía distanciada y alejada de ellos. El sentimiento era incluso más fuerte hacia mi padre, un hombre obstinado y violento, adicto al alcohol y al tabaco. Sus golpizas, estallidos y abuso verbal se convirtieron en parte de mi vida diaria.

Mi madre, una persona gentil pero tímida, toleraba los abusos no solo de mi padre, sino que a menudo los vecinos también se burlaban de ella. Luego de casarse, mi madre había dejado su trabajo como maestra en su ciudad natal en el condado de Yiyang y siguió a mi padre hacia donde estaba trabajando en la ciudad de Linxiang. Como resultado, dejó de estar registrada en la ciudad. Esto era devastador para ella porque bajo el sistema comunista, los niños tenían que estar registrados bajo el nombre de su madre para asistir a la escuela. Perder su registro en la ciudad significaba que no seríamos admitidos en la escuela. No obstante, había una salida: Si la madre fallecía, los niños podrían ser registrados bajo el nombre de su padre.

Este detalle burocrático, un síntoma del ineficiente sistema comunista de China, cambiaría mi vida para siempre. Mi madre se preocupaba tanto porque sus hijos no iban a ser capaces de ir a la escuela que decidió terminar su vida, dejando atrás cuatro hijos, de dos, tres, ocho y trece años. Jamás olvidaré la imagen de ella colgada de una viga, con mis hermanos pequeños llorando bajo sus pies. La muerte de mi madre dejaría una profunda sombra en mi mente y un dolor arraigado en mi corazón.

Luego de la muerte de mi madre, como la hija mayor en la familia, tenía que cargar con casi todas las responsabilidades de una madre y cuidar de mis tres hermanos y de mi padre. Para ayudar a mi padre a mantener a la familia, también tenía que ayudarlo con un ingreso extra criando cerdos para vender su carne. Todos en nuestro pequeño pueblo nos conocían a mí y a mi familia. Gradualmente, desarrollé un carácter fuerte y defensivo, intentando bloquear la lástima, la falta de respeto y la indiferencia en los ojos de los demás.

A medida que crecí, comencé a enfrentar la violencia de mi padre con el silencio. Recuerdo una noche de verano, luego de ver algunos amigas, llegué a casa un poco más tarde de lo normal. Para mi sorpresa, me encerraron afuera. Sin importar cuánto rogara, mi padre no iba a abrir la puerta. Supe que me castigaría peor si regresaba con mis amigas a pasar la noche. Así que tomé una novela y comencé a leer a la luz de la calle. La mañana siguiente, mi padre me golpeó brutalmente con su cinto de cuero. Con sangre bajando por mis piernas, no dije ni una palabra, a pesar del dolor y de la tristeza. Esa fue la primera vez que pensé en suicidarme. Quería seguir a mi madre y tenía envidia de su liberación de esta horrorosa vida.

A pesar de los conflictos, estudié diligentemente en la escuela y saqué buenas notas. A la edad de 16, siendo la única estudiante calificada en la escuela ese año, fui aceptada en la universidad de Changsha, ciudad capital de la provincia de Hunan. Rodeada de nuevas ideas y amigos, se suponía que estaría feliz, pero al caer la noche la muerte de mi madre me continuaba torturando.

Aunque era joven comencé a sufrir de artritis reumatoide. El dolor de mis articulaciones deformadas a menudo me despertaba en medio de la noche. Este dolor de mi cuerpo y la tortura mental me hicieron sentir abrumada con depresión y desesperación.

Luego de graduarme encontré trabajo en una Universidad, me casé y tuve un hijo. No obstante, la carga de la vida aun era pesada dado que tenía que pagar por la educación universitaria de mis hermanos y el dolor en mi cuerpo estaba creciendo. Difícilmente podía recostarme o sentarme sin ayuda. La medicina moderna no podía encontrar la causa de la enfermedad y los doctores la calificaron como una enfermedad incurable. Busqué una variedad de métodos; desde la medicina occidental y la medicina china, hasta la práctica de qigong. Toda la medicación me hacía adelgazar mucho y le daba a mi rostro un matiz amarillento, pero tenían poco efecto en cuanto a mi condición. Para entonces, a mis veintitantos años, parecía una mujer anciana.

Debido al intenso dolor de mis articulaciones y mis enfermedades desconocidas, a menudo me quedaba recostada en la cama, sufriendo y rezando por la muerte mientras que mi esposo e hijo tenían que cuidarme día y noche. Me invadía el resentimiento, culpando al destino por ser tan injusto. En desesperación, intenté suicidarme numerosas veces, saltando en el río o recostándome en las vías del tren. Una vez, un amable granjero me detuvo cuando intentaba saltar en el agua. Otras veces perdí el coraje para llevar a cabo mis planes suicidas, dado que pensaba en mi pequeño hijo y la vida que llevaría si lo abandonaba. Sabía lo que era que una madre se suicide y no podía hacerle eso a él.

Un encuentro inesperado

El día de Año Nuevo de 1996 es un día que nunca olvidaré y siento que este fue el principio de mi segunda oportunidad en la vida. Ese día recibí un libro de un colega llamado Zhuan Falun, que describe los principios de una disciplina espiritual llamada Falun Dafa (también conocida como Falun Gong). Me sentí profundamente atraída al libro, que hablaba de la autocultivación: una antigua práctica china de refinamiento y mejoramiento del cuerpo y la mente. Terminé el libro en un día y por primera vez sentí esperanza y optimismo.

‘Práctica de cultivación’ no era un término extraño para mí, dado que está profundamente arraigado en la cultura tradicional china, la cual está influenciada por el Budismo, el Taoísmo y el Confucianismo. Cuando me quedaba con mis abuelos, escuchaba muchas historias legendarias sobre ideas espirituales y lo sobrenatural. Siempre había tenido curiosidad sobre estas cosas y ahora tenía la oportunidad de explorar un nuevo mundo. Era una nueva forma de abordar la vida y una oportunidad de dejar ir el pasado.

Me acerqué a mi colega y le pedí que me enseñara los ejercicios y la meditación de Falun Dafa. Cuando seguí los movimientos por primera vez, podía sentir energía alrededor de mis manos y calidez subiendo desde mi abdomen inferior. Seguí leyendo el libro y haciendo los ejercicios todos los días.

Char practicando la meditación de Falun Dafa

Había escuchado a mucha gente experimentar un mejoramiento extraordinario en la salud luego de practicar Falun Dafa, pero no tenía expectativas de esto porque había sido decepcionada por otros métodos tantas veces. No obstante, a medida que continuaba con la práctica, inconscientemente, comenzó a desaparecer el dolor en mi cuerpo. El frío que sentía constantemente fue reemplazado por una sensación cálida. Me sentía llena de energía otra vez y comencé a atesorar la vida y mi cuerpo, lamentándome por no haber obtenido este libro antes. Sentí que me conectaba otra vez con mi verdadero ser, y con mi origen– los principios de Falun Dafa, que son Verdad, Benevolencia y Tolerancia, me llevaron otra vez a las raíces de la cultura tradicional china.

Char luego de escapar a los pensamientos suicidas.

Ahora, más de 20 años después, me siento como una persona totalmente diferente. Soy saludable y optimista, y me he convertido en una mejor persona a través de la cultivación. Antes, tenía muy mal temperamento por las enfermedades y el trauma que me plagaban. Ahora soy capaz de mantenerme en calma, pensar en los demás y he encontrado un sentido de paz por primera vez en mi vida.

(Char Chen, Edmonton, Canadá, Tel: +1-587-487-1649)

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