Esta es una hermosa historia de lazos familiares que, a pesar del tiempo y la distancia demuestran que el amor entre una madre y una hija nunca se acaba.

Joanne Loewenstern, de 79 años de edad, estuvo buscando a su madre biológica la mayor parte de su vida. A los 16 años se dio cuenta que había sido adoptada y decidió que quería encontrar a su mamá. 

En un principio le dijeron que su madre había muerto, pero ella en el fondo de su corazón sabía que estaba viva, en algún lugar del mundo. 

“Siempre supe que ella estaba viva. Sentía que había una razón por la que no creía lo que me habían dicho”, contó Joanne a The Washington Post.

Cuando ella cuestionó a sus padres adoptivos al respecto, ellos le dijeron que su madre se llamaba Lillian Feinsilver y había fallecido cuando la dio a luz en 1938 en el hospital Bellevue del Bronx, en Nueva York.

Ella seguía con la corazonada que estaba viva, pero no fue hasta que su nuera Shelley le ayudó en su búsqueda, por medio de una base de datos en línea de ADN, que conecta a los lazos de sangre. 

Rápidamente encontraron una respuesta positiva y afortunadamente estaba viva, lo que causó sorpresa a todos. Como si el destino así lo hubiera decidido, madre e hija se habían mudado de Nueva York hace tiempo y ambas ahora vivían en Florida, con una distancia de no más de 80 minutos entre si.

En cuestión de semanas, Joanne realizó el viaje que estuvo esperando durante casi toda su vida. Se dirigió junto con su familia a la casa de retiro donde vive su madre.

Según cuenta Joanne, en un principio era muy incomodo, con tantos celulares con video llamada activa para que otros miembros de la familia vieran el encuentro ‘en vivo y en directo’. Por su lado Lillian, quien sufre de demencia, no sabía qué ocurría y no reconocía a nadie a su alrededor. 

A Joanne le atormentaba que su madre no parecía reconocerla. Fue entonces cuando, entre silencios incómodos, Joanne se acercó a Lillian para presentarse. “Hola. Soy Joanne, ¿me reconoces de algún lugar?”, dijo ella, pero Lillian no parecía entender nada.

“Me adoptaron en 1938, después que, según me dijeron, mi madre murió. No sé qué tan cierto sea eso”, continuó. Ante la mirada perdida de su madre, Joanne empezó a llorar pensando que había llegado demasiado tarde. Fue entonces cuando la mujer de 100 años empezó a llorar y a reconocer lo que sucedía a su alrededor. Finalmente habló y dijo: “Es mi hija”.

Toda la familia se llenó de lagrimas emotivas y tomaron fotos sin parar. Joanne empezó a colorear con su madre antes de decirle lo mucho que la quiere y lo feliz que estaba por haberla encontrado.

Desde entonces, Joanne visita a su madre con frecuencia en el asilo donde vive, tratando de compensar un poco el tiempo perdido y dejando en claro que los lazos entre una madre e hija son tan fuertes que ni el tiempo ni la distancia los puede romper. 

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Categorías: Historias

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