Si bien el dominio del monopatín implica años de dura práctica, caídas y duros golpes, cuando se ha perdido la visión es toda una ordalía que casi nadie sería capaz de atravesar; no obstante, un argentino lo ha logrado.

Asentado en Galicia, Marcelo Lusardi es uno de los ejemplos más claros en lo que respecta a superación de duras circunstancias. Marcelo nunca pensó que a los 17 años, en 2015, se quedaría ciego.

“Estaba en la hoguera y empecé a notar que veía raras las llamas. Pensé que tenía las gafas sucias y me las limpié, pero no sirvió de nada: tenía una mancha en el centro de la visión. Si fijaba la vista en la hoguera veía todo alrededor, pero no la hoguera. Pensé que no era grave, que sería el cansancio, y no le di mayor importancia”, comenta Marcelo en declaraciones hechas al portal lasexta.com

A partir del momento en el que se le presentó su primera crisis visual comenzó a notar cómo con el pasar de los días su problema persistía y por esa razón decidió ir a una clínica.

“Me ingresaron durante una semana. Decían que tenía dañado el nervio óptico, pero no sabían a qué se debía. Los médicos creían que iba a recuperar la visión, así que me dieron el alta. En septiembre empecé el curso, y en noviembre empeoré. Todo era borroso. Me volvieron a ingresar y, tras un montón de pruebas, el día de mi cumpleaños un oftalmólogo concluyó que tenía una neuropatía óptica de Leber, una enfermedad genética. Pensé que me quedaría con esa visión borrosa, pero siguió empeorando hasta una ceguera casi total. Hoy solo percibo luces”.

Tras perder la vista encontró un gran apoyo en una amiga de sus padres que también había perdido la vista, ella le ayudó en su proceso de adaptación a su nueva condición, pero también lo motivó a llevar una vida normal.

Después de superar la dura crisis de su perdida visual y fortalecerse con la ayuda de la amiga de sus padres Marcelo decidió retomar el monopatín y, aunque en un principio no sabía cómo hacerlo, pasados unos cuantos días empezó a experimentar apoyado en barandillas, después se fue ayudando del bastón y por último encontró nuevas maneras de orientarse, mantener el equilibrio y hacerse con la patineta.

Familiarizarse no fue fácil en un principio, pero él tiene el temple para perseverar: “Hace dos años era un chaval normal que no destacaba por ningún talento especial. Ahora de repente soy “el skater ciego”. Pero tengo mis trucos y mi propio estilo, no es solo que patine sin ver. Le pongo mucho corazón”.

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Categorías: Historias

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