A veces, las actividades más insignificantes y que estamos más acostumbrados a practicar, pueden convertirse en una aterradora prueba de supervivencia. Y si no, que se lo digan a este joven pescador salvadoreño.

Salvador Alvarenga, aunque de El Salvador de nacimiento, vivía y trabajaba en México. A penas tenía ataduras, ya que su única familiar era un hija de 13 años que vivía con su madre en El Salvador.

La historia de Salvador Alvarenga

Lo que empezó como un día cualquiera

El 18 de noviembre de 2012 planeó dirigirse hacia el Pacífico sobre las 10 de la mañana y trabajar aproximadamente hasta las 4 de la tarde del día siguiente. Aunque le advirtieron de que se esperaba tormenta, no dudó en embarcarse, ya que el dinero que ganara le haría sobrevivir durante toda la semana. Eligió como tripulante a Ezequiel Córdoba, un novato de 22 años.

El día empezó como cualquier otro para los intrépidos pescadores de tiburones de la Costa Azul, que operaban desde pequeños barcos de pesca de fibra de vidrio conocidos como “Tiburoneros”.

Fuente: Youtube.

Cuando se había alejado unos 120 km de la costa, la tormenta empezó a ganar fuerza en tierra, pero aún no había llegado a donde se encontraban ellos. Pero eso cambió en torno a la 1 de la madrugada, cuando las olas empezaron a sacudir el pequeño bote.

La terrible tormenta

La acción del viento y las olas hicieron que el barco empezara a llenarse de agua más rápido de lo que pudieran esperar, lo que hizo que Salvador tuviera que tomar una radical decisión. Tiró al mar el caro equipo y todo lo que habían pescado hasta el momento y, puso rumbo al puerto de origen, Chocohuital, a unas 6 horas de distancia.

Pero, por desgracia, al amanecer el motor dejó de funcionar, cuando estaban a tan solo 25 kilómetros de la costa. Trataron de comunicarse con sus superiores por radio, pero ésta también “murió” poco después. El viento empezó a hacerse cada vez más fuerte y a alejar a los hombres cada vez más hacia el interior del océano.

Tuvieron que pasar cinco días hasta que el viento por fin empezó a amainar. Pero entonces se encontraban a más de 450 km de la costa. Su única posibilidad de rescate se limitaba a que fueran descubiertos por otro barco, pero incluso eso era difícil, ya que la nave era muy baja.

Fuente: wikimedia.

Los días eran cada vez mas difíciles, durante las horas de sol se chamuscaban y, durante la noche, el frío les calaba los huesos. Además, la sed y el hambre se habían convertido en una auténtica obsesión.

Cuando la lluvia llegó por fin, cuatro días más tarde, aprovecharon para recoger casi 19 litros de agua que almacenaron en botellas de plástico que habían encontrado flotando por el océano. Esto les permitiría seguir vivos durante al menos una semana más.

Aproximadamente 11 días después de perder el motor, consiguieron cazar una tortuga, lo que les permitió tener algo de comida. Desde ese momento, Salvador se pasaba el día buscándolas. Sin embargo, su compañero se encontraba más débil.

Fuente: wikimedia.

Durante los dos meses siguientes, Salvador llevaba todos los día la misma rutina. Se despertaba sobre las 5 de la mañana, comprobaba si algún pez había caído durante la noche y esperaba a que su compañero se despertara para compartir la captura. Durante el resto del día permanecían sentados.

Aunque cuando se embarcaron eran prácticamente desconocidos, Salvador y Ezequiel forjaron una gran amistad. Cada noche se tumbaban juntos a contemplar las estrellas y fantaseaban con que los aviones que veían iban a rescatarlos.

Un día, que según sus cálculos debía de ser cerca de Nochebuena, Ezequiel empezó a quejarse de dolor de estómago. Cuando diseccionaron el pájaro que acababa de comerse se dieron cuenta que dentro del estómago había una serpiente venenosa. Y aunque el joven se recuperó, el simple hecho de pensar en volver a comer un ave cruda le hacía enfermar, por lo que terminó no haciéndolo.

Durante los siguientes dos meses Ezequiel se iba marchitando poco a poco. Aunque Salvador trataba de animarlo, la depresión se había apoderado de él y, a los pocos días falleció.

Fuente: timedotcom.

Tras esto, Salvador se concentró en mantenerse ocupado. Se distraía intentando cazar y fantaseaba con ser rescatado. Incluso diseñó un sistema de detección de tiburones que le permitía nadar brevemente. Otra cosa que lo mantenía vivo era el recuerdo de su hija, a quién hacía años que no veía.

Un buen día, vio un buque que se acercaba a él, e incluso sus tripulantes llegaron a saludarle. Sin embargo, nadie acudió en su ayuda. Tras esto su mente empezó a debilitarse, y sus reflejos disminuyeron. Su deseo de comer empezó a verse nublado.

En 11 meses en el mar, Salvador había recorrido más de 8.000 kilómetros, con solo una sudadera protegiéndolo del sol.

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El 30 de enero de 2014, una pequeña isla tropical emergió de entre la lluviosa neblina. Una vez allí, una pareja solitaria que habitaba la isla lo descubrió. Había desembarcado en el Atolón de Ébano, en el extremo sur de las Islas Marshall, uno de los lugares más remotos de la Tierra.

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Tras 11 días allí, su salud había mejorado lo suficiente como para poder volar hasta El Salvador, donde se reencontró con su hija.

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No sabríamos decir si fue afortunado o desafortunado, lo que sí que sabemos es que completó uno de los viajes más notables de la historia de la navegación marítima y que todo fue gracias al mundo de supervivencia que se creó.

Por fin descansa en casa y ha escrito un libro que merece la pena leer. Aquí puedes hacerte con él. Además, este no es el único caso asombroso de supervivencia que conocemos.

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